Hay vida más allá del charco

Esta historia solo se la cuento a mis amigos, los que van a cambiar el mundo, su mundo. Hoy como tú, cierro los ojos y recuerdo, que hace un tiempo, cuando era niño, cada vez que podía, corría al patio de mi casa, y contemplaba por horas un charquito, un pequeño espacio donde se acumulaba el agua, de una corriente que salía de unas piedras. Todos los días visitaba el especial lugar, y un día así como hoy, relajado, en paz, pensando solo en este momento, escuchando los sonidos de mi alrededor,  y sintiéndome cada vez más tranquilo, como ahora, comencé a observar en el agua cosas diferentes, en ese espacio, se hacían visibles detalles especiales y vi que se movían unas pequeñas manchas, en ese momento no entendía lo que eran, mas llamaban mucho mi atención.

Regresaba cada mañana y tarde a ver esas pequeñas criaturas, que se movían, y coexistían,  acostumbradas al espacio que limitaba su vida.  Realmente me maravillaba, mas no entendía.

Así que un día visité a mi abuela, con muchas dudas,  y confiando en la sabiduría de los adultos, le pregunte.

Abuela -¿Qué son esas criaturas que viven en el charquito? Y le expliqué con detalle.

Mi abuela, -quien además de cocinar muy bien-  lo sabía todo, me contestó.

– Esas pequeñas criaturas son renacuajos, que pronto serán sapos. Están en una de las etapas de su vida, cuando termine un ciclo, comenzará otro.

–Cuando termine un ciclo, comenzará otro, pensativo repetí.

La curiosidad me llevo a investigar y aprender para entender el proceso.

A los pocos días, logré volver emocionado al charquito de las mágicas criaturas, y para mi sorpresa, mirando me percaté que nada se movía, el calor había evaporado gran parte del agua, todo estaba tranquilo y solitario, como muerto. Los renacuajos habían hecho metamorfosis y se habían marchado, sin poder despedirme. Impactado me arrodillé lo más cerca que podía del agua, y de repente, algo se movió, quedaba uno, un renacuajo, que estaba casi inmóvil, como tembloroso y débil. Observándolo entendí que estaba agotado, como si hubiese luchado contra algo, y seguí observando.

El Renacuajo aunque no quería abandonar la realidad que conocía, era empujado por la fuerza de la vida y las circunstancias, y tenía dos opciones: o morir entre el lodo, en un charco cada vez más seco, o aceptar los cambios para vivir, crecer y moverse hacia lo nuevo.

Mirándolo entendí, que si los otros renacuajos, ya habían evolucionado y marchado, algo pasaba con este último que estaba muriendo. Me fije que era como si luchará contra el mismo. El Renacuajo se retorcía como impidiendo algo, y estaba triste, porque no quería cambiar, y estaba solo. Para colmo, quienes pensaba estarían siempre en su vida lo habían dejado. Me pregunte como ayudarle en ese momento, y comencé a alentarlo, y le gritaba:

-¡Tú puedes! ¡Atrévete! -¡Fluye! -¡Es un nuevo comienzo! -¡Vive ahora!

No sé si me entendió, pero qué importa, algo era seguro, la fuerza que necesitaba para seguir, estaba dentro de su corazón y la mente, igual que en ti.

Al fin, El Renacuajo, se cansó de resistir, y sin fuerza soltó el pasado que le detenía, y permitió que la vida continuara con el proceso de transformación; dejó salir de él las cuatro patas, grandes ojos que observaban crecieron, su aspecto de pez y larva cambiaron por un fuerte cuerpo de cuero grueso, sus pulmones ahora respiran aire con aliento de vida, camina en tierra, y es dueño de todo un mundo de posibilidades. El Sapo salió del charco, y con un salto se lanzó a la vida.  Se veía alegre, diferente, algo había cambiado en él.

Ahora, mi amigo El Sapo – con quien compartí todo el proceso- entendió, como tú, que la vida es constante cambio, que movimiento es vida, que el mundo se mueve, y las personas continúan su paso, y no siempre el que se aleja se va de nosotros, sino que nosotros deteniéndonos nos alejamos de ellos, y el mundo sigue. El Sapo ahora sabe que hay una vida más allá del charco.

No sé dónde está hoy mi amigo El Sapo, quizás esta frente a mí, quizás ahora mismo lo veo; y estoy feliz como tú, porque sé que haciendo suyo lo aprendido, dejo atrás lo que era, y  ahora camina en tierra, firme y seguro, con fuerte cuero, amando la flexibilidad de ser, y salta hacia las alturas.

Como le dije, esta historia solo se la cuento a mis amigos, los que ahora son diferentes, y nos enseñó, que la vida tiene ciclos, y el único responsable de detenerlos eres tú, así que fluye. La vida nos lleva a momentos, donde tenemos que salir de las profundidades de pequeños y turbios charcos, que por miedo nos estacan, para caminar en la inmensa tierra, vivir, y saltar hacia lo nuevo, ahora.

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